Blade Runner (1982)

Blade Runner (1982)
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Rick Deckard deambula por la jungla de acero y microchips de la ciudad de Los Angeles del siglo XXI. Su misión: buscar androides genéticos criminales. Su orden: matarlos. Su delito: querer ser humanos.

 

Critica:

A veces ocurre que uno se topa con una película que marca su vida. Porque aunque obras maestras hay muchísimas en la historia del séptimo arte, seguramente podemos contar con los dedos de una mano aquellas que supusieron un punto de inflexión en nuestra forma de entender el cine, o incluso la vida misma. Por eso tenía miedo de escribir una crítica a Blade Runner: porque es demasiado importante para mí y me gustaría estar a la altura de lo que representa.

Quizás la diversidad de lecturas es lo que convierte a esta película en una obra maestra de carácter universal. Cuando mi padre me enseñó por primera vez Blade Runner, yo tendría unos trece o catorce años. Recuerdo que se acercaba el vigésimo aniversario del film. Y ya entonces vi en ella una aventura excitante e inolvidable, de hipnótica, embriagadora y decadente atmósfera. No entendía muy bien por qué me había cautivado tanto, pero lo cierto es que me dejó una huella imborrable. Desde entonces no he podido dejar de verla una y otra vez, y en cada revisión he ido descubriendo nuevos matices y trasfondos que la hacen aún más grande.

Poco a poco fui entendiendo que ese asombroso discurso final de Rutger Hauer es, además de fascinantemente poético, una reflexión brillante sobre la fugacidad de la vida y la insoportable levedad del ser. Que Nietszche se esconde tras la escena en que Roy “mata a Dios”, su Dios particular: el de la biomecánica, y él, reflejo del superhombre, ocupa su lugar. Que vislumbramos a Descartes cuando Pris le contesta a J. F. Sebastian “Pienso, luego existo”, demostrando irrefutablemente que tiene tanta entidad y valor como cualquier ser humano y dando a la vez el argumento definitivo por el cual todo replicante tiene derecho a la vida. Y que hasta Platón y su Mito de la Caverna subyacen en el personaje de Rachel, quien se halla prisione ra de falsos conocimientos, ajena a la verdadera realidad – pues sus recuerdos, que ella cree propios, no son sino implantes -. Etc. Blade Runner (1982)

Y vuelvo a ver la película, porque nunca me canso, y me doy cuenta de que además de todo ese sustrato filosófico se tratan temas tan accesibles y universales como la soledad – que acecha, sobre todo, a J. F. -, la libertad arrebatada, la identidad del ser – extrapolemos interrogantes del caso de Rachel: ¿vivimos nuestras propias vidas o estamos sujetos a los moldes que otros han creado? -, la irracionalidad de la discriminación – puede que, después de todo, uno esté hecho de la misma madera que aquello que odia (Deckard –> El unicornio, el brillo en los ojos, ‘kinship’…) -, la ética frente al avance genético… y, por qué no, el amor, inherente a la naturaleza de cualquier ser vivo – humano, o replicante -.

Y es que pienso que nunca acabaré de exprimirle todo el jugo a Blade Runner. Porque esta película, cuya genialidad emana en cada segundo y por cada fotograma, trasciende el celuloide para pasar a ser una parte más de mí mismo. Una parte sin la cual yo sería, sencillamente, una persona distinta. Blade Runner (1982)