Joker (2019)

Joker (2019)
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Arthur Fleck es un hombre ignorado por la sociedad, cuya motivación en la vida es hacer reír. Pero una serie de trágicos acontecimientos le llevarán a ver el mundo de otra forma. Película basada en Joker, el popular personaje de DC Comics y archivillano de Batman, pero que en este film toma un cariz más realista y oscuro. Joker 

 

Critica

Todd Phillips ha hecho una película que nadie esperaba de él, una obra cinematográfica de categoría, destinada a perdurar, oscura, turbia y perturbadora, realizada con cariño y respeto por el personaje, con conocimiento de causa, repleta de aspectos remarcables –desde la fotografía, con su inteligente uso de los colores, hasta la banda sonora-, y que toma como inspiración tanto los cómics de Batman, especialmente “La broma asesina”, de Alan Moore, como filmes de los setenta del tipo de “Taxi Driver”, “El rey de la comedia”, o “Alguien voló sobre el nido del cuco”. Precisamente el protagonista de algunas de estas cintas, Robert De Niro, aparece aquí de secundario en un papel relevante, estando presente en la que tal vez sea la mejor escena.

Joker no es perfecta; sin entrar en spoilers, el guion abusa de ciertos recursos, y quizá esté Zazie Beetz un poco desaprovechada. Pero se las arregla para que todo lo que suceda en pantalla tenga su peso, y que la violencia, cuando estalle, impacte en el espectador.

Porque detrás de la desquiciada sonrisa del Príncipe Payaso del Crimen late un corazón torturado, un alma melancólica, una figura trágica que abraza la locura como único camino hacia la felicidad. Porque la violencia es la única respuesta posible ante una sociedad que rechaza a los diferentes y les trata como basura. Si Jack Nicholson creó al Joker más divertido, y Heath Ledger reinterpretó al personaje convirtiéndolo en un terrorista sádico que sólo quería ver el mundo arder, Joaquin Phoenix aporta humanidad y patetismo a un individuo que sueña con alcanzar el éxito, que busca desesperadamente la aprobación de los demás. Hablamos de un pobre hombre que desea inundar de risas su alrededor. La composición del actor resulta tan magistral y extrema que por momentos uno juraría hallarse ante un auténtico enfermo mental recién salido del manicomio.

Batman es el superhéroe aristocrático que desciende a las alcantarillas de la ciudad de Gotham para combatir el crimen; el Joker nació como el símbolo elegido por los oprimidos para rebelarse contra las injusticias; uno persigue la ley y el orden, el otro anhela la anarquía y el caos.

Surge así una película extraña, donde el protagonista sucumbe a la oscuridad que le corroe, da rienda suelta a su yo oculto, se reencarna en el villano por excelencia, mientras la rabia se extiende por las calles como una enfermedad: los marginados, los humillados y ofendidos alzan la voz. Joker tiene la textura de una pesadilla, la tensión de una amenaza imparable, la intensidad de un cerebro desintegrándose y dando vida a un monstruo.


Ahora bien: que haya críticos profesionales que valoren el filme, no por su calidad, sino por la reacción que pueda suscitar entre cierta clase de gente, me parece un despropósito. Yo que aún creía que el cine era un arte y no una herramienta educativa. Todo apunta a que dentro de nada no se cortarán en decidir por nosotros las películas que hay que ver, los libros que leer, y lo que debemos pensar sobre cualquier tema. La cosa resulta todavía más grave cuando estos ataques de moralidad y paternalismo provienen de sujetos pertenecientes a un país, los Estados Unidos, donde prácticamente cualquier perturbado tiene acceso a armas de fuego. Es para que se lo hagan mirar. Joker